Alegria. Per RAMON FREIXENET i ESTOL

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Avui 4 de setembre de 2016 el conte Alegria del blanenc Ramon Freixenet Estol ha rebut el segon premi Jaume I El Conqueridor de Salou.

alegria RAMON FREIXENET ESTOL

 

Alegria

 

Éste no será un relato de terror, ni una novela mínima con personajes de los bajos fondos y ni siquiera se asemejará a un cuento canallesco cargado de excesos superlativos e ingentes proporciones de horror. Así que ésta no será de ninguna manera una historia de miedo sino el relato de unas ánimas ambulantes atrapadas en el neón y la malla cuajada de remiendo, sudor y lentejuela.

¡Pasen señores pasen! Admiren a la mujer barbuda, al enano Flopi Seisdedos y a su novia Mariquita Ventimiglia. Vean las sombras chinas de Madame Limoix, las magias de su amante el Dr. Mabusse y déjense llevar por el funambulista miope y su mujer zamba al ritmo de un foxtrot sobre el filo de Manhattan.

Aunque lo parecerá no hablaré desde el dislate de la troupe alucinada sino desde el sitio donde me hace hablar Alegría, la muñeca articulada de un ventrílocuo filipino harto de fracaso y olvido. O sea que hablaré de mí, de mí que soy el que gusta del exceso oscuro, del amor decadente, nervioso, nocivo para la levedad de los cuerpos de serrín con cabeza de cartón y mirada desorbitada. Hablaré de mí que soy la volubilidad que espía agazapada desde la curvatura del labio atrapado en el reflejo ajeno, pillado en el ensayo de una sonrisa estúpida en medio de una boca boba que, desde el lugar donde habita la impostura, no para de interpelar y gesticular al mundo. Hablaré de mi particular situación ajustada en el compás de unos dedos de madera de una muñeca de madera de voz de madera y acento afuereño, que exige determinación para dejar al descubierto con su voz prestada todo el desencanto que, la palabra fracaso, es capaz de ejemplarizar después de mucho ensayo, mucha memoria y de reiterar hasta la saciedad mi propio monólogo de viejo bebedor con la palabra más ajustada; aquella que llevo cosida en la piel y, con pelos y señales, describe a un hombre mínimo de tez amarillenta, cada vez más disminuido, más rígido, más inconsciente, más remoto e inexistente en el sentido de epifanía. Así que hablaré, digo, desde el mismísimo yo de un invisible que mira con arrebatada intensidad el límite entre realidad y ficción de su vida asomada en la acrofobia del imposible amor de la rubia platino; fatal para los seres cuya complejidad emocional se encuentra suspendida vagando en un ingrávido alep. Hablaré, insisto, de un volador urbano con todos los deberes de antemano concluidos: plano inclinado de despegue, tiempo de vuelo y velocidad estimada del impacto. Hablaré del extranjero con los papeles extraviados en el laberinto de su antiguo oficio, del cual sin tener noticia, ha sido relevado por su partner. Hablaré, también, de la soledad del bebedor de alcoholes de alto riesgo, del esnifador de colas industriales, del masticador de crack que languidece entre los tangos y boleros de un viejo bandoneón que sólo existe en la nebulosa de su viaje alucinado. Y, sin embargo, desde este sito donde me hace hablar Alegría, no hablaré de ninguno de los poetas malditos que podían haber cabalgado el lado turbio de la noche ni, por supuesto, de las precariedades, quebrantos y miserias del artista ambulante.

¡Pasen señores pasen! Y absténganse de mirar las personas impresionables: el vértigo que es capaz de generar el hombre bala podría dañar gravemente sus sensibilidades. 

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