Cómo asumir la tarea de pensar

De Nietzsche a Heidegger o cómo asumir la tarea del pensar

Mario Morales Domínguez

MARTIN HEIDEGGER

Resumen

A través de una revisión de la interpretación heideggeriana de la filosofía de Nietzsche, este artículo propone una forma de asumir la tarea del pensar en nuestra época, tan intrínsecamente ligada a las tecnologías planetarias. Conceptos nietzscheanos como “muerte de Dios”, voluntad de poder y nihilismo, entre otros, se ponen en relación con las propuestas heideggerianas sobre la superación de la metafísica y su reflexión sobre la técnica moderna. Como conclusión, se remarca la importancia del pensar filosófico, no para dominar la técnica, sino para prepararnos hacia su superación.

Palabras clave: Muerte de Dios, voluntad de poder, nihilismo, metafísica, técnica.

Abstract

Following the Heideggerian interpretation of Nietzsche’s philosophy, this article proposes a way of assuming the labor of thinking in our age, so intrinsically linked to planetary technologies. Nietzschean concepts like “death of God”, will to power and nihilism, among others, are related to the Heideggerian proposals about overcoming of metaphysics and his reflection on modern technique. In conclusion, we emphasize the importance of philosophical thinking, not to dominate technology, but to prepare ourselves for its overcoming.

Key words: Death of God, will to power, nihilism, metaphysics, technology.

“Dios ha muerto”

Recordemos el famoso §125 de La gaya ciencia, donde Friedrich Nietzsche relata el acontecimiento de un loco que gritaba “¡Busco a Dios!” en medio de una plaza pública, obteniendo por respuesta un puñado de risas por parte de su ateos oyentes. Ese loco culpaba a todos sus escuchas de la muerte de Dios y proclama:

“¿Cómo podemos consolarnos, asesinos de asesinos? Lo más santo y poderoso que ha habido en el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos –¿quién nos limpia de esta sangre? ¿Con qué agua podríamos limpiarnos? ¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tenemos que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses para aparecer dignos de él?» (…) «Llego demasiado pronto», dijo luego”.[1]

Tal loco llegó efectivamente demasiado temprano, pero no sabemos cuán demasiado fue. Actualmente habría que regresar a estas sentencias de Nietzsche para ver qué es lo que nos tiene que decir aún a nosotros. Para Heidegger, la afirmación de que “Dios ha muerto” sintetiza el destino de dos milenios de historia. Dios representa todos los ideales de la cultura occidental que la determinaban hasta el momento. “Significa que el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva. No procura vida”.[2] Nietzsche, para Heidegger, es un pensador esencial, es decir, un pensador que piensa el ente en su totalidad y cuyo pensamiento pone en juego el destino de un pueblo. En este caso, se podría decir que lo que pone en juego Nietzsche es el destino de todo occidente a través de un cambio en la filosofía que lo sostiene. Lo que Nietzsche piensa es el acabamiento de la época moderna, dice Heidegger.[3]

Los textos de Nietzsche, desde la perspectiva de Heidegger, se presentan como un pensamiento metafísico. Pero hay que aclarar que, para Heidegger, la metafísica lo es metafísica porque “piensa el ente en su totalidad según su preeminencia sobre el ser”.[4] Recordemos que, desde El ser y el tiempo, Heidegger se proponía regresar a la pregunta por el ser y, no más, por el ente. Con esto Heidegger se sitúa a sí mismo como un pensador de la ontología y no de la metafísica. Pues bien, Nietzsche, para Heidegger, es aún metafísico y es el último de los metafísicos porque piensa de tal forma que el fundamento histórico metafísico se vuelve visible y determinante. Es decir que a pesar de seguir siendo un metafísico, Nietzsche nos lleva a preguntarnos por el origen y fundamento de toda metafísica y con ello nos lleva más allá de la historia de ésta. Heidegger llama a esto el “acontecer”. Tal acontecer no es histórico, sino que se mueve en el ámbito de una decisión suprema y única. A partir de tal decisión se determina la esencia de la vida misma. Se trata de un pensamiento único que pone en comparecencia y da valor a todo lo que se presenta ante él. El pensamiento único de Nietzsche, dice Heidegger, fue la “voluntad de poder”.

¿Qué es la voluntad de poder?

Desde la lectura de Heidegger, la voluntad en Nietzsche no es una facultad ni una aspiración. La voluntad es un afecto, una pasión, un sentimiento o un orden. Es decir, que la voluntad no es algo que nos pertenezca o que podamos en cualquier momento poner en acción. No es tampoco algo que haya que alcanzar, sino que simplemente se nos presenta, nos sucede. En sí, la palabra voluntad no dice más que el simple hecho de ser, pues ser ya quiere decir que hay una voluntad. Pero la voluntad en Nietzsche cobra un giro particular, pues él la concibe como un asalto, un querer ir más allá de sí. Por ello, la voluntad en Nietzsche es siempre voluntad de poder. Es decir que el poder es la esencia de la voluntad. De esta forma, la voluntad es igual a voluntad de poder y ésta, a su vez, es igual a voluntad de voluntad, pues finalmente la voluntad no es más que ese querer que sólo se quiere a sí mismo. No hay voluntad ni libre ni no libre, pues querer es “[…] someterse a la propia orden, es la resolución de ordenarse a sí mismo que en sí misma es ya su ejecución”,[5] dice Heidegger. Por lo tanto, lo querido y el que quiere están integrados en el querer. La voluntad es una continua autodeterminación o auto-resolución que, sin embargo, no tiene como meta la felicidad o el placer, sino que se presenta como el puro y simple ser asaltados por la fuerza de la voluntad.

“Una vez que se ha descubierto esta esencia, sólo se trata de descubrirla en todas partes para no volver a perderla”,[6] dice Heidegger. Es decir que la voluntad como “ser dueño de” no se presenta como algo que se pueda dominar o dirigir, sino, por el contrario, se trata de asumirla como una fuerza que nos sobreviene y nos hace ser y dirigirnos hacia las cosas. Es la voluntad de poder la que nos configura y configura nuestros afectos y no al revés. No podemos dirigir a voluntad a la propia voluntad. Ella nos lleva y nos conduce más allá de nosotros mismos. La voluntad de poder es “[…] el centro desde donde se determina todo ente”.[7] Voluntad de poder es volver consistente el devenir en la presencia. Devenir y presenciar son pensados en la unidad del ser. Es decir que para pensar la voluntad sólo es necesario asumir la propia voluntad para que ella misma sea la que dirija el pensamiento. En otras palabras, sólo se puede volver dueño de sí y quererse a sí mismo cuando la voluntad se toma como voluntad de poder y sólo de este modo el pensamiento puede crecer por encima de sí mismo. Ya en ese nivel, el pensamiento se vuelve pensamiento de los pensamientos y es ahí donde, para Heidegger, se dan las decisiones supremas.

El famoso llamado de Nietzsche hacia un “filosofar con el martillo” es interpretado por Heidegger como este pensamiento que se eleva más allá de la historia en el nivel del acontecer. Se trata, según Heidegger, de un preguntar constante que extrae de la piedra un contenido, una forma, a la manera de un escultor. No se trata de mera destrucción, sino de llegar hasta el peso más grave. Ese peso más grave será el pensamiento más grave también. El pensamiento que se haya y se desvela como el pensamiento de los pensamientos. Es un pensamiento que determina al ser del hombre y su verdad se refiere al ente en su totalidad. Por ello, este pensamiento acontece de una sola vez para determinar la perspectiva desde la cual se valorarán todas las cosas. Tal pensamiento es el del “eterno retorno”. El eterno retorno sería el martillo en la mano del hombre más poderoso, porque este hombre sería aquel que obedece a la voluntad; obedece a su propio querer no importando si ese ordenamiento de uno mismo requiere en determinados momentos mandar u obedecer. Lo que se busca es la propia superación. Cada superación es única por eso. El pensamiento del eterno retorno se vuelve entonces la nueva y única condición de volver la vida a sí misma; una vida que es a cada momento superada desde un acontecimiento único. Así, el eterno retorno siempre es el eterno retorno de lo mismo, pues es el de la decisión suprema que a cada momento se vuelve única. El eterno retorno finalmente es el único fundamento de la voluntad de poder. Es la posibilidad de la autoafirmación.

Asumir el nihilismo

Ahora, “[…] pensar el eterno retorno de lo mismo requiere la confrontación con el «todo es lo mismo», con el «no merece la pena», con el nihilismo”.[8] El nihilismo se presenta como el peligro de que en el constante preguntar, a la manera de un martillo, el pensamiento se quede sin un peso grave, es decir, sin un único pensamiento que valore a los demás y, por lo tanto, se quede sin decisión. Este peligro debe ser afrontado y asumido para poder superar el nihilismo. Es necesario comprender el pensamiento mismo como un “nihilismo perfecto” que va más allá del propio nihilismo. Solo es posible pensar el pensamiento del eterno retorno de manera nihilista. En ese sentido, el pensamiento debe emprender una tarea de contrapensamiento; debe buscar sólo su propia superación. “El nihilismo no se puede superar desde afuera, tratando de quitarlo con tirones y empujones, poniendo en lugar del Dios cristiano otro ideal, la razón, el progreso, el «socialismo» económico-social, la mera democracia”.[9] Sólo se supera el nihilismo en la voluntad de crear en ella aparece la verdad más allá de lo suprasensible. La verdad en Nietzsche es “[…] el estable aseguramiento de las existencias del círculo a partir del que la voluntad de poder se quiere a sí misma”,[10] dice Heidegger.

De esta manera, de lo que está hablando la frase de Nietzsche “Dios ha muerto”, es de un proceso fundamental en la historia occidental que nos lleva hacia el nihilismo. Nos lleva hacia la asunción de que no hay otra opción que aceptar el reto de ir hacia el ámbito de la decisión suprema. “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» y su concepto de nihilismo sólo se pueden pensar suficientemente a partir de la esencia de la voluntad de poder”.[11] Así que el nombre de nihilismo conlleva una ambivalencia esencial, pues “designa por un lado a la mera desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero al mismo tiempo se refiere al movimiento incondicionado de reacción contra la desvalorización”.[12] El nihilismo perfecto o “nihilismo consumado” es la instauración de nuevos valores, pero no como una simple sustitución o reemplazo, sino como la posibilidad en sí de otro tipo de valoración. A esto a es a lo que Nietzsche llama “transvaloración de todos los valores”. Con ello la vida regresa a su esencia, pues finalmente es ella la que valora y la que tiene la posibilidad de poner en entredicho los valores y lo que vale. Solo lo que acrecienta la vida es un valor.

La voluntad de poder es ella misma, en la medida en que aparece expresamente en su pura esencia, el fundamente y el ámbito de la instauración de valores. La voluntad de poder no tiene su fundamento en un sentimiento de carencia, sino que es ella misma el fundamento de la vida más rica posible. Aquí, vida significa voluntad de voluntad.[13]

Pero Heidegger nota un giro en el entendimiento de la voluntad de poder de Nietzsche que lo sitúa aún dentro de la metafísica, al menos, como él está entendiendo la historia occidental. Tal giro es el de la voluntad de poder como un aseguramiento de la conciencia. Se podría decir que el mismo Heidegger, como pensador esencial realiza este giro en la perspectiva de Nietzsche para hacernos ver dos cosas: 1) que la historia de occidente no ha terminado con la muerte de Dios y 2) que la superación de la metafísica no es algo que se haga de una vez y para siempre, sino que conlleva un trabajo constante por parte de todos los que compartimos la historia occidental.

La superación de la metafísica

Para Heidegger, con la muerte de Dios aparece la autoridad de la conciencia en la historia occidental; es decir, la autoridad de la razón. La metafísica sigue presente en la forma de una confianza en la razón. Desde Nietzsche, aclara Heidegger, esta confianza en la razón, si bien es útil, no es forzosamente verdadera. Aún con eso, hay que aceptar que la vida tiene por esencia tener algo por verdadero. Lo que habría que asumir entonces no es que no haya verdad, pues la verdad es un valor necesario, sino que esta verdad –cualquiera que sea– no es un valor supremo. La esencia misma de la verdad está quebrantada, está siempre oculta. Si Dios ha muerto, el dominio sobre la tierra pasa al hombre. Pero el hombre nunca puede alcanzar la esencia de Dios. El lugar de Dios podría quedar vacío. Sin embargo, Heidegger advierte en Nietzsche dos interpretaciones bajo las cuales es susceptible de ser catalogado aún como metafísico: 1) la subjetividad podría quedar como la figura de autoconciencia que, aunque no se coloque en el lugar de Dios, sí se coloque como el querer que sólo se quiere a sí mismo y de esta forma todo el ser de lo ente se reduzca al poner-se-ante-sí-mismo y, por lo tanto im-poner-se ante el mundo, que en este caso deviene objeto y 2) La voluntad de poder se convierte en la lucha por el dominio de la tierra a través de las perspectivas políticas, económicas, sociológicas, técnicas y científicas. De esta manera, la era de la subjetividad llega a su consumación como consecuencia de que lo ente se tome como voluntad de poder sin haberse comprendido a sí misma ni tan siquiera pensado como voluntad.

La meta de una eterna felicidad en el más allá se transforma en la de la dicha terrestre de la mayoría. El cuidado del culto de la religión se disuelve en favor del entusiasmo por la creación de una cultura o por la extensión de la civilización. Lo creador —antes lo propio del dios bíblico— se convierte en distintivo del quehacer humano.[14]

De esta forma, Heidegger advierte que la superación de la metafísica no es algo ya sucedido. De hecho, dice, su finalización dura más tiempo que lo que duró toda su historia. No podemos deshacernos de la metafísica porque ésta viene con la verdad del ente: metafísica es igual al olvido del ser. Es decir que la metafísica se presenta como una simple torsión del ser, se presenta tan solo en la distinción entre ser y ente. Cuando el hombre se vuelve voluntario de la voluntad de voluntad, el sujeto se convierte en el primer objeto del representar ontológico; se convierte en el Yo del ego cogito como punto de vista dispuesto por la voluntad de poder. Tal representar se asume como teoría del conocimiento; como observación y dominio de la entidad. “La voluntad de voluntad se impone como formas fundamentales de su aparecer el cálculo y la organización de todo, pero sólo para asegurarse a sí misma, de tal forma que pueda seguir de un modo incondicionado”.[15] Más que una superación de la metafísica, esto es una metafísica consumada. “La metafísica es, en su esencia, nihilismo”.[16] Y este nihilismo se manifiesta como dominio de la técnica y como rebelión de las masas.

La técnica

La técnica en Heidegger, se podría decir, es la sustitución de Dios por un hacer infinito que se funda solamente en su propio emplazamiento. La técnica sale al paso como la organización de la carencia de fundamento. El nihilismo es siempre diferido por la técnica. Por ello la técnica es equivalente a la metafísica consumada. Es una forma de guardarle luto al Dios muerto. Así, la técnica moderna prevalece como una provocación constante. “En todas partes se solicita que algo esté inmediatamente en el emplazamiento y que esté para ser solicitado para otra solicitación”.[17] Lo que se solicita lo llamamos existencias, dice Heidegger. Las existencias son el modo de llenar esa provocación. Pero esa provocación no puede ser llenada porque el hombre, al colocarse él mismo como aquel que solicita, termina siendo él mismo solicitado por la voluntad. Se podría decir que la voluntad de poder, en Nietzsche, toma la forma de esta estructura de emplazamiento que Heidegger llama Gestell. De ahí que Heidegger diga que no podemos resignarnos a lo técnico ni tampoco esquivarlo; estamos encadenados a la técnica, tanto si la afirmamos como si la negamos. Más aún, si la consideramos como algo neutral, quedamos ciegos ante su esencia.

La esencia de la técnica, que Heidegger nombra como un “hacer salir de lo oculto” o “traer a la presencia” es un crear. Recordemos que sólo en la voluntad de crear se supera el nihilismo, y ese crear es un crear verdades, de ahí también que para Heidegger la verdad sea ἀλήθεια como “hacer salir de lo oculto” o “desocultamiento”. Sin embargo, lo que hay que asumir es que esa voluntad de crear no es algo que nos pertenezca, no es algo que hay que alcanzar tampoco. La definición instrumental de la técnica como un mero medio para alcanzar fines o como un hacer del hombre nos lleva al querer dominarla. Pero es necesario recordar que el querer sólo se quiere a sí mismo. Por ello, “[…] el querer dominarla [a la técnica] se hace tanto más urgente cuanto mayor es la amenaza de la técnica de escapar al dominio del hombre”.[18] De esta manera, sólo se puede superar la provocación de la técnica y sólo se puede acceder a su esencia asumiéndola en su propio peligro. Y su peligro es que se olvide para siempre el pensamiento de los pensamientos, es decir, que se olvide para siempre la posibilidad de un pensamiento supremo, una decisión suprema que vuelva a poner en entredicho todos los valores actuales. En otras palabras, que se le olvide al hombre su propia posibilidad de crear. A esto se refiere Heidegger cuando dice: “El dominio de la estructura de emplazamiento amenaza con la posibilidad de que al hombre se le pueda ser negado entrar en un hacer salir de lo oculto más originario, y de que este modo le sea negado experenciar la exhortación de una verdad más inicial”.[19]

Es preciso recordar que sólo podemos acceder al ámbito de las decisiones supremas obedeciendo a la voluntad que va más allá de un querer desde la conciencia. Es decir que, si bien la técnica es un modo de evitar la decisión suprema fuera de cualquier metafísica, al mismo tiempo, al atender a su llamado ya se están tomando decisiones. La técnica entonces envuelve una paradoja, pues el pensamiento que va por encima de ella sólo puede sobrevenir atendiendo a su provocación, a la Gestell. Sólo así puede sobrevenir un otro pensar.

La esencia de lo Gestell asecha con el olvido, dice Heidegger. De hecho, “[…] lo Gestell se esencia como el peligro”.[20] Pero el hombre es requerido a su vez por ella misma para la superación de la esencia de la técnica. Dice Heidegger: antes de preguntar “¿qué debemos hacer?”, lo cual es parte de la provocación a creer que podemos hacer algo bajo la dominación, hay que preguntar “¿cómo debemos pensar?”; pero no porque el pensar vaya a sacarnos de la estructura de emplazamiento, sino, más bien, porque pensando nos situamos en nuestra falta de dominio, en nuestra carencia de Dios o de fundamento. En la esencia del peligro está este giro [Kehre]. Y el giro es un giro del pensamiento en el cual el peligro solo sale como peligro. No se evita el peligro, tampoco se sale de lo Gestell; simplemente se esencia, se vive. Lo que se salva es, si acaso, la vida: que sea ésta la que valore finalmente.

KARL BLECHEN, IGLESIA GÓTICA EN RUINAS (1820-21)

El giro no es algo que podamos buscar ni algo que podamos provocar. Éste acontece de súbito, dice Heidegger. Este giro nos lleva al pensamiento de los pensamientos y se sitúa más allá de la historia. Se trata del acontecimiento, un acontecimiento que es fundador de historia a su vez. Actualmente estamos envueltos en un momento de la historia en que la vida se ha vuelto impensable sin las tecnologías. Pues bien, éste momento histórico ha de ser superado. No sabemos cómo ni sabemos cuándo. Pero lo más importante es saber que no tendríamos porqué saberlo, pues entre más intentemos tener conciencia de ello, menos lo lograremos. Aún con eso, sólo el pensar en cada momento nuestra situación puede llevarnos a sí mismo a la decisión suprema. Esa es la apuesta; sólo así el pensamiento se supera a sí mismo. Sólo así puede aparecer lo Gestell como una forma más de pensamiento entre otras: “Lo Gestell es todavía mirada, y de ningún modo un destino ciego en el sentido de una completa fatalidad impuesta”,[21] dice Heidegger. De esta forma, el pensar como martillo se vuelve en Heidegger el pensar que espera. Más que trabajar como un escultor, éste espera a que el tiempo desgaste la piedra hasta que ahí aparezca una forma, una esencia.

En Nietzsche era golpear las cosas para ver si dan un sonido vacío o si aún contienen un peso fundamental. El oído del pensar que por su parte propone Heidegger es aquel que todavía y en todo lugar escucha el clamor del loco de Nietzsche: “¡Busco a Dios!”. ¿Cómo fueron los hombres capaces de matar a Dios? Ellos lo mataron, pero no han sabido de ello. No se trata de un simple “no hay Dios”. Recordemos que el loco gritaba “¡busco a Dios!”. Este hombre está loco porque ya no hace pasar los ideales del mundo suprasensible como algo real, ya nadie cree en ello. El loco no es simplemente alguien que ya no cree en Dios, como los que lo observaban. Estos hombres lo que han perdido es su posibilidad de creer, y con eso ya ni siquiera son capaces de pensar, proclama Heidegger. Éstos han suprimido el pensamiento y lo han sustituido por un parloteo que barrunta nihilismo en todos aquellos sitios donde consideran que su opinar está amenazado. Esta deliberada ceguera frente al verdadero nihilismo, que sigue predominando, intenta disculparse de este modo de su miedo a pensar.[22]

El nihilismo ha de ser asumido y si lo que se quiere es llegar a otro pensar, hay que llegar a construir nuevos valores. “Lo que esta época le da a pensar al pensamiento no es algún sentido profundamente escondido, sino algo muy próximo, lo más próximo, y que, precisamente por ser sólo ese, pasamos siempre por alto”:[23] el ser. Mientras sigamos envueltos en este emplazamiento del nihilismo lo que se olvida es el ser mismo. La lucha por el poder que se refleja en la constante provocación de la naturaleza para que llene el vacío que ha dejado Dios es finalmente el abandono del ser y no tiene de otra más que ser planetaria, dice Heidegger. Pero con “planetaria” quiere decir más bien total, pues se trata justamente de un emplazamiento infinito. Sus límites son los límites de la técnica y de la civilización; es decir, no tiene límites.

La metafísica consumada como técnica expone el fin de la filosofía, puesto que desde ahí parece que se han recorrido todos los caminos; ya no hay ningún cuestionamiento. Y, sin embargo, hay que reiterar, lo que está movilizando ahí es la voluntad de voluntad. Finalmente se está ahí en la vivencia. De esta manera, lo que hay que ver ahí no es solamente lo Gestell como destino ineludible; es también la posibilidad de un nuevo comienzo; un nuevo comienzo de la nada. Como lo pone Heidegger: “La fórmula «Dios ha muerto» comprende la constatación de que esa nada se extiende. Nada significa aquí ausencia de mundo suprasensible y vinculante. El nihilismo, «el más inquietante de todos los huéspedes», se encuentra ante la puerta”.[24] Para remitirnos directamente a Nietzsche en el § 343 de La gaya ciencia: al morir Dios, unos pocos ven un nuevo sol nacer “[…] una especie nueva, difícil de definir, de luz, ventura, alivio, alegría, aliento, aurora… En efecto, los filósofos y los «espíritus libres», al enterarnos de que «ha muerto el viejo Dios», nos sentimos como iluminados por una aurora nueva”.[25]

En ¿A qué se llama pensar?, Heidegger dice: “[…] los filósofos son los pensadores. Se llaman así porque el pensar tiene lugar, de modo especial en la filosofía”,[26] pero interesarse en la filosofía no garantiza que pensamos, incluso podemos embaucarnos con la filosofía creyendo que pensamos sin que lo estemos haciendo. Y es que lo que hay que pensar siempre se sustrae. Hasta ahora no habitamos en la esencia del pensar, éste es siempre un lanzamiento hacia adelante, una promesa. Para pensar hay que aventarse a la corriente, como en el nadar, dice Heidegger. La corriente es el elemento en el que se mueve el nadar. Ahora, para pensar, si aún no estamos en el elemento en el que se mueve el pensar, hay que esperar a que éste nos interpele. Tal espera corresponde a un “[…] avizorar dentro de lo ya pensado, lo impensado, que se nos vela aún en lo ya pensado. Por medio de tal espera, pensando, estamos andando ya por el camino hacia lo que hay que pensar”.[27]

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